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martes, 3 de agosto de 2010

Episodio 6- Desde lo más profundo de mi alma: ¡no te acerques!

Dias raros en la vida terrícola. De repente el cielo se ponía, era demasiado pronto, Rashitah no terminaba de despertarse y ya oscurecía. Sin duda, los humanos tenían un metabolismo arcaico, sus cuerpos eran imperfectos y duraban muy poco activos.
Habían humanos que dormian durante el día y se ocupaban de asuntos por la noche, cuando la mayoria dormía. Pero era necesario, según informes de Rashitah, así funcionaba el mundo. Mientras la mitad dormía, la otra mitad trabajaba y viceversa. Asi todo estaba en su lugar.
Aunque... habían algunos que no trabajaban... de hecho, les quitaban lo que a otros habia costado mucho trabajo.
¿Eso era un trabajo?
Al parecer los humanos eran de naturaleza mezquina. También notó que ellos se envidiaban mucho los logros. Pero algunos hasta le quitaban la vida al prójimo por dinero u otras posesiones materiales. ¡Los humanos se mataban entre ellos por conseguir posesiones materiales que podían ser consumidas! ¡sus vidas no tenían valor alguno, más que lo que poseían! ¡ESO ERA DESASTROSO!

Rashitah se tomaba la cabeza a veces, tapándose los oidos para no escuchar los gritos de desesperación de algunos humanos que eran atacados para ser despojados de sus bienes. Muchos de ellos o ellas, era ultrajados fisicamente también.
Frío, calor, lluvia, nieve, granizo, oscuridad...
La humanidad tenía una variedad de microclimas que apestaban de hecho... Muchas personas se reunian a pasar momentos juntos en las plazas en tiempo favorable, mientras que en tiempo dificultoso, se quedaban en casa, o hacian reuniones entre amigos. Los humanos siempre buscaban excusas para estar juntos. Eso los hacia menos inmunes a los ataques de los "ultrajadores".
Siempre trataban de andar en grupos, para evitar los ataques. Era tiempo de buscar un grupo para caminar sin temor a ser ultrajado. Pero, ¿que clase de humanos merecáin estar cerca de Rashitah?
Era complicado, puesto que deberían aceptar la naturaleza de la ninia alien, conocerían los planes maestros de la convención interplanetaria, y hasta entrarían en algún plan de salvación, si eran dignos de saber todas esas cosas.
Rashitah pasaba muchos dias y noches sin descansar su mente, dolor, angustia y un vacío profundo.
Se preguntaba, donde estarían sus amigos...


Jitler y la anciana de mil años

Desde que había llegado a la tierra, Jitler había aprendido dos cosas importantes: Nunca hablar demasiado con los humanos, ya que ellos se creen con derechos de amigos... y la más importante, jamás en la vida comer algo sin conocer su procedencia y preparación. Le habia costado mucho al principio, sufrió hambre, pesadillas, dolor de barriga. Pero logró dejar de probar la comida humana que le ofrecían. Decidió mas bien, hacerse una huerta personal, asi se aseguraba de la procedencia y elaboración de los alimentos que consumiría. Por supuesto que, estaba protegida de los humanos, y otros animales menos peligrosos, como los leones y las culebras.
Otro factor importante para sobrevivir a los humanos era no entablar demasiado dialogo con ellos. Mucho estaban convencidos de cerles bien a cualquiera, ignorando su desagradable rostro, asquerosos pensamientos y apestoso olor.
A veces, Jitler miraba los cielos y pretendia irse lejos, lo lograba con su mente, pero su espiritu no estaba maduro aún para abandonar el cuerpo que tenía, y regresaba facilmente a la realidad terrícola. Los humanos eran dañinos. Siempre buscando una manera de entrometerse en la vida ajena.
Cierto día se le ocurrió hablar con un ser extraño que habitaba en la esquina de la parcela de tierra que llamaba hogar. Aquel ser era una anciana humana, que por las raras costumbres, recordaba a Jitler una antigua raza legendaria de la galaxia de Apolo. Esa raza se caracterizaba por tener la piel arrugada, los cabellos blancos como nieve, y ojos lagrimosos y celestes.
La anciana correspondia a la descripción física, pero faltaba una confirmación.
Es cierto que, algunos humanos se veían asi con el correr del tiempo. Eso era un dato interesante para él. Y para la investigación secreta que estaba haciendo por propia iniciativa. A Jitler siempre le intereso el origen de las razas, sobre todo las antiguas, superiores y legendarias, como las de Apolo, Andrómeda y Alpha Centauri.
Asi fué que, llegó donde la anciana. Golpeo las palmas para indicar que estaba llamando a la puerta (costumbre humana bastante estupida), la anciana miró por un agujero desde una ventana... salio al encuentro..

Jitler- Hola.
Anciana- ¡Quien es usted!
Jitler- Solo queria saber como estaba... ¿necesita algo?
Anciana- ¡necesito que me dejen de joder! ¿porque no se meten en su vida y me dejan en paz? ¡siempre jodiendo! así van a terminar todos, la humanidad se va ir a la mierda! ¡como siempre!- se giró y regresaba a su casa cuando Jitler salto sorprendido por las palabras de la anciana... dijo: ¡como siempre!, ¿acaso conocia la naturaleza destructiva de los humanos? ¿sabía de las anteriores destrucciones?
Jitler- ¡señora! ¡provengo de una estrella ancestral, mi planeta quiere ayudar a los humanos!...- la anciana se giro lentamente, pareció una eternidad, miro de reojo a Jitler.
Anciana- soy Isis. La diosa egipcia madre de Horus. ¡¡¡Tengo mil años!!! También vine a este lugar a ayudarlos, pero son mentirosos, dañinos y embusteros. Suelen engañar al alma más noble.
¡no podia ser verdad! se trataba de una ancestral!-pensó Jitler
Jitler- ¡señora, usted sabe el peligro que corren los humanos de morir a manos de ellos mismos! ¿Recuerda el pasado de Plutón?
Anciana-... si... si... ¡destrucción y muerte!- decia alzando sus brazos al aire.
-Algo andava mal, Plutón salió victorioso de colonización ancestral. ¿Porque mencionaba destrucción y muerte? Seguramente era lo que hubiese sucedido si no ayudaban... ¿o acaso ella no sabia de lo que hablaba? tal vez habia perdido contacto con su especie...
Anciana- ¡Horus! ¡Horus!- aparecio un perro- él es el guardián de la tierra! salvate salvate!!- se fue corriendo adentro...
Jitler- pero...

Que desilusión...


El aparato de comunicación sonaba... ¡era Rashitah!

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